Contra muchas definiciones, el Carnaval no es todo alegría. Es fiesta que proviene del dolor y la exclusión, del silencio y la enfermedad, de la pobreza y la esclavitud -física y moral-, del asco, del desprecio y del terror. El carnavalismo invierte la ecuación y pone por rey al mendigo, por médico al enfermo y por poderoso al esclavo; sólo por “cuatro días locos”.
Por eso no me extraña que haya gente que lo detesta: hay quien considera que los jodidos del sistema no merecen ni esos cuatro días. Hay quien considera que esos cuatro días son migajas. Hay quien vive el carnaval.
Nunca sabré si me gusta el Carnaval.
Mis padres se conocieron en un baile de Carnaval, toda mi vida fui a los corsos, creo que nunca falté. Ni cuando los corsos eran tan pobres que apenaban al mismo pobrerío: cuatro plumas rojas de la mercería, un vestidito de tul y acá estaba la comparsa. No pegaban un paso, nadie les daba pelota, excepto los padres, todos corriendo para escapar de la nieve espuma que era un bien de lujo. Eso en los noventa, en los ochenta…
Pero fui desde siempre a los corsos, y llevaba bolsitas de papel picado y serpentinas, que nunca supe tirar para que cayeran graciosas como serpentinas de carnaval. Botellitas de agua con agua perfumada y tibia, pero eso casi no lo recuerdo, se borra en mi mente su forma. Dudo. Yo, vestida de gitana.
Y voy a los corsos ahora, porque soy de la banda plebeya que el domingo va a pasear al centro, y que si estamos en casa escuchamos Pink Floyd a las seis, de los que vamos al laburo en bondi. De la banda, bah. ¿Qué voy a hacer si el domingo está el corso acá a la vuelta y tocan Los Murguientos, los padres de la plaza? Si en esa plaza está la primera foto de guardapolvo blanco, la primera rateada y el primer chico al que enseñamos a andar en bicicleta. Me voy al corso.
Llego al corso y me mufo: siempre la clave, sólo alterada si desfila una comparsa. Pam – pampam – pam-pam. Llega un momento en que te hincha las tarlipes que no tenés, plata para más nieve espuma no hay te dije, es hora de ir marchando que mañana se trabaja y si es feriado se duerme.
Van como hace siglos las murgas desfilando, mientras se burlan de todas las jerarquías. Cualquier gorda es Colombina, cualquier salame es Pierrot. Los pibes van más allá: ignoran quiénes son la Colombina y Pierrot y sólo quieren llenar de nieve a una piba para que se le pegue la remera al cuerpo. Alguno, si tiene suerte, toca una teta. En el medio la murga arenga, pero pocos la escuchan. El Carnaval es maleducado y por eso la gente bien se hace carnavales aparte: tienen otro sentido de los modales.
La doña que habla mal de los carnavales por hablar es el personaje más ridículo del corso y también tiene su lugar en el festejo. La vieja que barre el papel picado de la vereda de su casa no entiende una cosa: no te pusieron el corso en la vereda, querida. Vos vivís en el camino del corso. Sumate o andate. O lamentate que es divertido.
Todo es divertido en el carnaval, la burla, el grotesco, el insulto y la agresión. Las murgas desafinadas y las polifónicas, la comparsa y la escola do samba marca “Argenta”. Tan divertido que hincha las pelotas. Pero qué te vas a quejar del Carnaval.
En una sociedad como la medieval, estructurada en torno al poder de la Iglesia, el carnaval era un lapso de libertad espiritual, sexual, alimentaria, etílica y estética. En cambio hoy día, también, pero menos. Es decir, la Iglesia aprieta menos porque ya estamos domados; en buena parte ésa es la raíz del desprecio al carnaval: “no necesito libertad, gracias. Soy una persona madura y no pierdo mi tiempo aspirando a imposibles”.
No podemos decirles a los que se quedan afuera del Carnaval: “Vos te lo perdiste”; no sería verdadero. Los que se quedan afuera del Carnaval son el motivo del Carnaval y contra ellos predica. Son lo más divertido, tan educados, tan gente seria, tan inteligentes, tan estetas. Que la sigan chupando.
P.D: cuando se termine el carnaval saco esa última frase que sólo se puede decir en las carnestolendas sin ser desubicado.