El tipo había llegado a ese momento de la vida en que se comienzan a bordar los arabescos de la tragedia: el instante en el que las decisiones comienzan a encaminarse por los senderos de la malaventura, sólo para cumplir ese destino que los hados, entusiastas, han entrevisto en el rostro de algún hombre contrito que madura una acción.
Matar a su mujer.
La idea se había plantado en su cabeza de una manera natural, por una serie de situaciones que se parecían tanto a tantas otras, a tantas novelas malas y buenas, a tantas películas, poemas y crónicas de chimenteras.
Nada lo hacía dudar de lo conveniente del asesinato, ni quería hacerlo aparecer como una muerte natural. Ni siquiera tenía interés en evadir el castigo por el crimen; lo único que necesitaba era encontrara el modo de postergar la condena el tiempo suficiente como para conocer el sabor de la vida sin ella, sin ella en ninguna parte, sin ella en ningún café, con ningún hombre, en ningún trabajo.
Especuló con que sería el primer sospechoso; convencido de eso, buscó la forma de desorientar las pesquisas y resolvió dos cosas: aplazar la muerte de su mujer y matar a cinco mujeres sin contacto entre sí.
Nunca había sido un personaje de muchas luces, así que lo entusiasmaba apreciar que su perspicacia mejoraba palmo a palmo. Eso lo resolvió a creer en la necesidad de adelantarse un poco –sólo lo necesario para ganar algún tiempo- al pensamiento de sus perseguidores. No era aún el momento de deshacerse de ella.
Decidió que si él fuera el investigador, sospecharía de la verdadera naturaleza de los crímenes: no era trabajoso llegar a la hipótesis del encubrimiento; podrían darse cuenta del artificio que subyacía bajo esos cinco homicidios, por lo que consideróla necesidad de sumar otros diez crímenes, ya no solo de mujeres. Algunos hombres, ancianas, niños.
La gente estaba aturdida; las cadenas de noticias reproducían los crímenes amplificándolos, como si eso fuera necesario, como si la muerte de uno solo no fuera relevante, ni la de cinco, ni la de quince. Resonantes, resonando, las muertes taladraban las sienes de la ciudad entera; los sonidos urbanos, las bocinas, los motores, las campanas, los martillos neumáticos latían con el terror de la víctima.
Y consideró el último golpe antes de matarla a ella.
Unos pibes atormentaban con gritos, peleas y tiros un barrio trabajador de las afueras. Dormido en su casilla, el joven jefe de una de las bandas fue la última adquisición previa al objetivo real.
La pandilla no toleró que la chusma, que la horda infernal de señoras de todo el país, festejara la partida de su amigo, al tiempo que deploraba las ausencias de tantas personas decentes asesinadas por quién sabe qué malnacido. No lo toleró y buscó una venganza. Encontró, en la banda contraria, un blanco lógico para la revancha; así comenzó una violencia que, en resumidas cuentas y para no abrumar a lector con detalles, desató un baño de sangre de proporciones pocas veces vistas.
El gobierno, jaqueado por la prensa y el clamor popular, envió fuerzas regulares de la Gendarmería para restablecer el orden; en poco tiempo, y como era de esperar, las acciones se tornaron más y más violentas, y muchos de los actores de la lucha se vendieron a ambos lados.
Los sectores más progresistas criticaban las medidas, y reclamaban a las autoridades el ataque al problema de fondo: la marginación social. Los más reaccionarios exigían la presencia del Ejército y la aceptación del ofrecido auxilio de tropas extranjeras.
El tipo consideró que era el momento y mató a su mujer.