Shakespeare, Macri y Tinelli.

macri

(Agradecimiento a Gustavo De Leonardis)

HAMLET.- (…)  Señor mío, ¿puedes ver que estos cómicos se establezcan bien? ¿Me entiendes?, agasájalos bien. Porque ellos son las abstractas y breves crónicas del tiempo. Más te valdrá tener un mal epitafio después de muerto que una mala reputación entre ellos mientras vivas.

POLONIO.- Mi señor, los trataré de acuerdo a sus méritos.

HAMLET.- No, señor, mucho mejor. Si a los hombres se les tratara según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado? Trátalos como corresponde a tu propio honor y dignidad: cuanto menor sea su mérito, mayor sea tu bondad. Acompáñalos.

Agasájelos bien. Invítelos a su castillo. Si no tiene castillo, llévelos a la sede de su Gobierno. Si existe Snapschat, tómese una instantánea en la que usted luzca simpático. Con el tiempo, lo publicado en Snapschat se borra; no así “un retrato poco lisonjero en una de sus comedias”.

Es preferible un epitafio que diga “Mejor muerto” o “Aquí yace un codicioso” que una sátira cruel, por una razón muy entendible: las tumbas son menos visitadas que los teatros, y éstos, menos que la televisión.

El ex-presidente De la Rúa lo sabe muy bien: quizás su único legado consista en ese video  -repetido hasta el hartazgo- en el que se lo ve desorientado, torpe, disminuido en su autoridad, absurdo, vergonzante. El mandatario renunciante atribuye a Tinelli su caída. Es una lectura facilista, ya que su gobierno ya pendía de un cabello; sin embargo, no es difícil deducir que su presentación en el programa de Tinelli y las imitaciones que sobre él se hicieron en ShowMatch, dieron vigor a la idea de que Argentina estaba siendo gobernada por un perfecto incompetente.

La relación que une las palabras de Hamlet con la actualidad argentina no es casual ni esporádica: desde una perspectiva gremial, Shakespeare conocía muy bien el poder de los medios de comunicación. Dramaturgo, actor, director, cabeza de compañía y empresario teatral, el inglés no debe su vigencia a la fortuna; casi cuatrocientos años después de su muerte, su pluma sigue pincelando instantes llenos de realidad. Lejos está de mi intención comparar al autor de Hamlet con Tinelli; más bien, lo que busco es reforzar la autoridad de sus palabras.

El príncipe Hamlet “condesciende” a recibir a los andrajosos e itinerantes actores. Tenían prohibido por ley establecerse “como sería mejor para su reputación e intereses” y por ello, el joven heredero los aloja en la corte. “Se baja” a su nivel y no lo discute: entiende que es lo mejor para su legado, teme ser “satirizado de mala manera“, sabe que entre la corte y el pueblo media una gran distancia y que la gente común escucha con más claridad a los cómicos que a sus gobernantes. El episodio del Snapschat entre Tinelli y Macri, cada vez más, deja de verse como una torpeza del mandatario y se erige en una necesidad política previa aún al advenimiento de la democracia moderna.

El Cantar de Rolando, poema francés del siglo XI, contiene otro ejemplo del temor y respeto del poder político hacia los medios de comunicación. El texto narra la historia ficcionada de la Batalla de Roncesvalles en la que, mediante una intriga, el Conde Rolando queda en la retaguardia del ejército que custodia a Carlomagno y sufre un ataque imposible de repeler con sus exiguas fuerzas. El amigo y consejero de Rolando, Oliveros, le indica que haga sonar el olifante -un pequeño y muy sonoro cuerno de marfil- para que Carlomagno retroceda y acuda en su ayuda. Rolando se rehúsa con vehemencia, luego de pronunciar estas palabras: “¡Cuiden todos de asestar violentas estocadas, para que no se cante de nosotros afrentosa canción!”. Entre la “afrentosa canción” temida por el conde y las famosas “tres tapas de Clarín”, median diez siglos y mucha tecnología pero, en definitiva, la lógica del poder frente a los medios es similar.

Podemos definir la cultura como un proceso social, en cuyo interior los humanos definen y configuran sus vidas. La hegemonía, en términos de Raymond Williams, abarca, incluye, rebasa a la cultura y la relaciona con la distribución del poder y la influencia, reconociendo la subordinación y dominación que hay en las relaciones sociales. Más sencillo: hay hegemonía cuando la cultura actúa en función de los poderes establecidos. Más complejo: ¿Tinelli es un representante de la cultura que se aviene al poder establecido o bien Macri se aviene al poder hegemónico de los medios de comunicación?

El prejuicio nos lleva a creer que ni Macri ni Tinelli se caracterizan por su evidente apego a la lectura de teorías sociales, y menos si éstas provienen de la izquierda marxista. Sin embargo, ambos legitiman, con sus actos, las palabras del Príncipe de Dinamarca: “Si todos recibiéramos lo que nos merecemos, ¿quién se libraría de cien azotes? Tratadlos como os gustaría que os trataran: con honor y dignidad. Cuanto menos creais que se merecen, tanto mayor valor tendrá vuestra generosidad hacia ellos.”

Así de simple.

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El hombre que le “donó” 100 pesos a Macri…

(Misteriosamente, había desaparecido del blog. pero estaba en caché)

El hombre que le “donó” 100 pesos a Macri.

Isidora Rosas.

“Alfredo Farías es rosarino, tiene 63 años y vende tortas fritas sobre una ruta santafecina; en diciembre le escribió una carta al Presidente y le envió dinero”. Cien pesos.

Sobre el hecho se hicieron varias lecturas, pero en mi modesta interpretación el hombre dice: “no me pidan más”.  Aunque hubiera donado dos mil o cien mil: “doy lo que quiero, no me pidan más”.

Percheros y heladeras sociales me dicen lo mismo de sus donantes: doy lo que quiero y quiero dar esto, no me pidan más. No tengo. No puedo. Ya colaboramos.

No puedo, no tengo, tengo este tapado hermoso, cuidalo, no se lo des a cualquiera, es de género bueno, pero el corte ya no se usa, y vas a una compraventa y te dan dos pesos, son unos sinvergüenzas. No puedo, si tuviera haría una fundación para darles de comer a todos, pero no tengo.

Eso sí, lo voy a publicar en el face, para que otros se copen con la idea.

Macri va a traer al país parte del patrimonio que tiene en paraísos fiscales; Alfredo Farías dona cien pesos y yo le doy fideos a un comedor para que, de paso, los egresados participen en el sorteo de un viaje a Bariloche. Qué fideos maravillosos, tanta felicidad en medio kilo de pasta seca.

(Te dije que lo voy a publicar en el face ¿no? Esos posteos tienen cualquier cantidad de “me gusta”, es para que los demás se copen y donen también)

Si todos damos lo que tenemos de más, el mundo sería más justo, no lo niego. Pero solemos creer que no tenemos nada de más, o muy poco: un saco, cien pesos o un paquete de fideos.

Hace unos días hice un experimento: imaginamos que cada uno de los que estábamos en el aula ganábamos un millón en la lotería. Cuando se enteraron que tenían que dejar doscientos mil de impuestos, varios se enojaron y otros se decepcionaron. Dos minutos atrás no tenían cien pesos y ahora se enojaban por los doscientos mil que “les sacaban” y dejaban de alegrarse por los ochocientos que ligaron de arriba.

Esos problemas se solucionan fácilmente: el Estado se retira y yo doy lo que considero que puedo. Y fijate de no darle los fideos a un vago, dáselos a uno que en realidad tenga hambre. Una semana sin comer, ponele.

Más no me pidan. No puedo.

No tengo.

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En el Jardín de Infantes.

chiche3En el Jardín de Infantes hay una “hora de la merienda”; recuerdo que, en un horario determinado, se juntaban las mesitas, venía la preceptora con unos termos y entre ella y la maestra disponían la merienda.

Todos los niños participaban -quizás sigan haciéndolo- corriendo las sillitas, buscando sus servilletas, guardando los últimos juguetes.

Las vituallas consistían en un té con leche y unas galletitas variopintas: Melbas, Camet, más ricas, más desangeladas, rellenas, azucaradas, rotas, sanas. Algunos de los chicos, en sus hogares, tomaban Nesquik; otros, mate cocido, pero en el jardín el té con leche era inevitable.

Cada cuatro o seis chicos había un plato con galletitas mezcladas; uno se abalanzaba sobre las Melbas.

-A ver, vamos a dejar alguna para los demás.

-No me gustan las Camet.

-¡Tomá una de las mías, a mí no me gustan las Melbas!

-¿No hay Nesquik?

-Tomá aunque sea la mitad…

-¡Dale, yo me tomo lo que vos dejás!

Nadie quedaba del todo conforme, pero tampoco desconforme; se trataba, para algunos, de un simulacro; para otros era su merienda real y única. Vuelven a sus casas tan pobres o ricos como eran, pero se llevan una experiencia bastante grata, dentro de lo que la injusticia inherente al sistema ofrece.

Me imagino un Jardín de Infantes gobernado por MM.

Cada uno en su silla, los termos arriba de la mesa y las galletitas todas juntas arriba de una mesa: el que llega, llega. El que manotea, manotea. Todos se empujan, se tiran el té caliente encima, lloran y se lastiman. La preceptora reprime. Nadie se beneficia.

Entiendo que me discutirán.

“Se benefician los poderes concentrados”.

Ya tenían privilegios. Esta situación ni siquiera les hace la diferencia. Hay modos más inteligentes de explotar a la gente en el capitalismo; tanto, que hasta parece que la primera situación que narré es más humana, más natural. De ningún modo: esa lucha por el hueso es lo que la cultura pretende dejar atrás, y es lo que creímos entender en los libelos que apostrofaban “Civilización o Barbarie”.

En diciembre de 2015, mucha gente reivindicó su derecho a la barbarie, con la ilusión de que podía llegar y manotear. No tuvieron en cuenta su propio peso y estatura, ni mucho menos el peso y estatura de quienes buscan llegar y manotear lo mismo que ellos quieren. El tarifazo les desnudó la realidad de que en casa no tienen Nesquik, sino mate cocido; no hay Melbas de cuando en cuando, sino Camet muy esporádicamente.

Perseverarán en el intento hasta que decidan saquear, porque no resignarán su imaginario derecho a la barbarie, a empujar, llegar y manotear. La preceptora se llamará policía o gendarme, y pegará cuanto sea necesario para llevar el pan a su propia mesa y algunos golpes de más porque también demandará su “derecho”.

Oiremos, a esa hora, discursos sentidos de políticos decentes y empáticos con “la gente”, instando a poner orden en ese desenfreno, escuchar a la sociedad y ponerse a la cabeza de los reclamos. Saben que no será tarde: integrarán alguna lista y con ello, mantendrán sus privilegios de casta.

Quizás logren ser presidentes por un día.

Lo que no saben, lo que no sabemos, es en qué va a terminar todo el asunto. ¿Acaso importa? Tal vez lo único que haya que saber es cómo escribir un buen titular: “Total normalidad” o “La crisis causó dos nuevas muertes”, por qué no.

Por lo pronto, todo es raro. Muy raro y bastante triste.

 

 

 

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Cansan…

gritoDesde que comenzó el gobierno de Mauricio Macri, hace un par de meses largos (escribo esto el 22 de febrero de 2016), se han multiplicado los “debates políticos” en TV, eufemismo para denominar escandalosos shows de voces más o menos irritantes que se esfuerzan en superponerse a los histéricos chillidos o neuróticos bramidos del ocasional contrincante.

Quisiera desglosar el párrafo anterior, ya que, aunque conciso, encierra algunas afirmaciones de alta densidad: el gobierno de Macri comenzó, es decir, Macri es el presidente. Llegó ahí por el voto “popular”, y lo pongo entre comillas porque también es un concepto equívoco. En resumidas cuentas y, sin discusión, está ahí porque lo votaron.

Aguarde, no terminé. Ni “Claro, por supuesto” ni “Pero no para que haga esto”. No va por ahí mi reflexión. Digo que la controversia “quién gobernará la Argentina durante los próximos cuatro años” se resolvió en favor de Cambiemos por la vía política y que el debate de campaña debería saltar al siguiente escalón.

En la instancia de la segunda vuelta sólo hubo, como es de rigor, dos oponentes para el cargo de Presidente de la Nación y ganó uno, pero las fichas se reacomodan y jugadores que el 22 de noviembre quedaron “fuera” del tablero político, ahora se reinsertan con diferentes expectativas y posibilidades. Es tan poco perspicaz el que le grita a la pantalla “Callate, del Caño, que mandaste a votar en blanco” como el que clausura la discusión con “Armamos un partido y ganamos las elecciones”. Ni hablar del que se encierra en la inobjetable verdad de que el 48 por ciento de la población es la mitad del cien por ciento, punto más, punto menos.

Los alaridos nocturnos del supuesto debate político, sumados a silencios estentóreos que resultan inexplicables, refuerzan la sensación de la ciudadanía de que esto “termina mal”. (Vale destacar, entre los más irritantes, los cacareos destemplados de Victoria Donda, los intempestivos ladridos de Fernanda Vallejos y la ululante palabrería hueca de Pedro “¿Pedro te llamás?” Robledo)

La política no está para eso. La política no puede ir a depreciarse de tal forma a un programa de las nueve de la noche. Ese circo inconducente no puede terminar en nada bueno, y en eso estoy de acuerdo con mis compañeros kirchneristas y con los ciudadanos antimacristas. Esas diatribas múltiples nos habilitan como ciudadanos a cagarnos a piñas en cualquier esquina con apenas dos datos y un eslógan.

Un militante de Cambiemos grita “despilfarro K” y ningún político aludido es capaz de preguntarle, sencillamente, a qué se refiere. ¿Es mucho pedirle a un representante de la mitad del país que tome el discurso de su adversario y pida que puntualice al respecto para argumentar en su propio favor? Sin embargo, suele suceder que el dirigente en cuestión responda al grito de “¡Ustedes lo primero que hicieron fue bajarle las retenciones al agro!”. Y… sí. Es lo que dijeron que harían.

“Pero está bien”, dirá algún lector, “no hay que dejarles pasar una”. Perdón, yo creo que les dejan pasar todas. Ese nivel de irritación sólo genera que el televidente se mal disponga contra la política, que es la única herramienta eficaz para la transformación de la vida social. El “debate político” en esos términos, es el triunfo de los medios de comunicación frente a la actividad política. El ciudadano deviene espectador, se entiende fuera de la discusión hasta la próxima elección o hasta el estallido social; se siente sub representado, no puede convivir con la noción de que dos posturas tan opuestas puedan representar ambas y al mismo tiempo “la verdad” y llega a la saludable conclusión de que si es por potencia en la voz, Ginamaría Hidalgo debió ser emperatriz de la República.

La política se malogra en dos escenarios: si la ciudadanía pierde la paciencia y pide la renuncia del Presidente, o si la ciudadanía pierde la paciencia y exige la represión de aquellos a los que considera golpistas. Quienes asumieron la representatividad de los ciudadanos deben dejar de servir al show mediático de la picadora de carne que de tarde lucra con el trastorno mental del ex novio de una vedette y de noche lo hace con el precio del pan. El precio del pan es una cuestión que debe resolverse con seriedad, en los ámbitos adecuados y, en caso de acudir a la televisión, es necesario que ésta ofrezca el espacio oportuno y apropiado a la gravedad del asunto.

Cuando la sociedad en su conjunto dice “yo no lo voté para esto”, sea esto transferirle millones a los más acaudalados, cambiarse de bando antes de asumir o ser incapaz de hacer frente a un argumento insostenible sin perder los estribos, algo anda mal.

(Aquí haré una consideración positiva sobre las reuniones populares a las que acceden dirigentes, periodistas y “empoderados”, ya que aunque apuntan a los “convencidos”, sirven para mantener alto el estándar de análisis y sostienen la tradición del mitín)

En resumen, si yo, que opino como Fernanda Vallejos, en dos ocasiones le grité a la pantalla “¡Callate, dejá hablar!”, me imagino el impacto que habrán tenido sus palabras sobre la teleaudiencia que no le es favorable.

Cuidado con el hartazgo político, sólo es el preludio de la violencia: de las corporaciones sobre el pueblo o, en su forma más escabrosa, de ciudadanos contra ciudadanos y en esa eventualidad vuelven a ganar los más poderosos.

Que no somos los de a pie.

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El hijo endogámico de los portales de noticias.

“Día tras día, solo en la colina,
doctora LabrutaEl hombre de la sonrisa tonta está perfectamente quieto,
Pero nadie quiere conocerlo,
Todos ven que él es sólo un tonto,
Y nunca responde,
Pero el tonto de la colina
Ve al sol caer,
Y los ojos en su cabeza
Ven al mundo girar…”

Lennon & Mc Cartney: El tonto en la colina

Los portales de noticias, o diarios digitales, suelen contar con una sección destinada a las tecnologías de la información entendiendo por tales, computadoras, redes de computadoras, televisión, teléfonos, y otras tecnologías destinadas a la distribución de información. Hoy, 6 de noviembre de 2015, algunos de los titulares nos anuncian que Cablevisión competirá con Netflix, que Jobs había considerado crear un auto Apple y que Twitter cambió su ícono de estrella por un corazón. YouTube lanza Red, Yahoo dice adiós a las contraseñas, Finlandia tendrá sus primeros emoticones nacionales, Gmail quiere responder correos y los mejores gamers se dan cita en Tecnópolis.

Algunas de las notas expresan opinión experta: “La violencia en Internet es la amplificación de un problema generado en otro espacio”, le dice Marta Santos Pais, experta en infancia de la ONU, a LA NACION, en el cierre de Tecnología para un mundo mejor, el primer encuentro regional realizado en el país sobre Ciudadanía y Alfabetización Digital.

Mueve a reflexión que el cambio de ícono de Twitter sea considerado una noticia digna de aparecer en estos suplementos, ya que mucho antes de llegar a esta sección del portal, el lector ya ha comprobado por sí mismo dicha variación y, muy probablemente, dado el perfil del habitué, se ha expresado en la red al respecto. Este apéndice del diario envejece mucho más rápido que el resto de los contenidos del portal; tan así es, que en un tiempo los titulares antes mencionados carecerán de toda trascendencia, si se produce la situación de que en algún momento la tengan. La desaparición del buzón “Otros” de Facebook es un claro ejemplo.

Toda esa hojarasca sobre nimiedades y ni una sola nota sobre una de las más notorias formas que asume el lector de diarios digitales: la función “comentarista”.

Los diarios, como todo texto, construyen un “lector modelo”:

“Cuando un texto es lanzado al mundo como un mensaje en una botella —y esto sucede no sólo con la poesía o la narrativa, sino también con libros como la Crítica de la razón pura de Kant—, es decir, cuando un texto se produce no para un solo destinatario, sino para una comunidad de lectores, el autor sabe que no será interpretado de acuerdo [solamente] con sus intenciones, sino de acuerdo con una compleja estrategia de interacciones que implica también a los lectores, junto con su competencia en su lenguaje como antología social. Con “antología social” no quiero decir solamente una lengua dada compuesta por una serie de reglas gramaticales, [y] (…) las convenciones culturales que esa lengua ha producido y la historia de las interpretaciones previas de sus muchos textos, incluido el texto que el lector está leyendo.” (Eco, U. “Lector modelo y lector empírico”, en Confesiones de un joven novelista).

El semiólogo enfrenta el concepto de “lector modelo” (una función textual) al de “lector empírico”, un humano cualquiera que lee un texto: “Los Lectores Empíricos pueden leer de muchas maneras, y no existe ninguna ley que les diga cómo leer, porque a menudo usan el texto como vehículo de sus propias pasiones, que pueden venir de fuera del texto o que el texto puede despertar por casualidad.” (op.cit)

No hay ninguna ley que les diga cómo leer. O, al menos, no la había para la época en que escribió su artículo. Tal vez aún no la haya, pero el nuevo viejo Eco -otrora más integrado que apocalíptico- está que trina con la molesta irrupción empírica del antes conceptual e invisible “lector empírico”.

“El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

El tonto del pueblo escribe en los foros de los mismos diarios digitales que publican, en su sección “Cultura”, las puteadas de Eco contra el tonto del pueblo. El tonto del pueblo, sin embargo, recibe ofertas personalizadas de los avisadores del portal basadas en sus búsquedas; eso le confiere cierta inmunidad ya que, como reza el lugar común “no hay diario sin lectores”, y las “legiones de imbéciles” que menciona Eco compran productos que se comercializan allí.

“El tonto del pueblo” insulta, vomita, ensalza, se burla, destroza, manosea, pero también opina, critica, señala contradicciones, aporta imágenes y primicias y hasta es capaz de abrir un blog, para espanto de algún filósofo vernáculo. Feinmann, ponele.

Eco se enoja, Feinmann se indigna, y el diario silba bajito. El tonto del pueblo termina de redondear la idea que el portal insinúa con trazo grueso. Pone el insulto en el lugar del eufemismo, la crueldad en el vacío que deja la hipocresía y la perversión en el espacio punteado que ofrece el morbo.

Cualquier pelotudo se abre un blog, el tonto del pueblo se cree portador de la verdad, y nadie quiere conocerlo, menos aún, el diario en el que comenta. No tiene entidad, no es. Nadie se hace cargo de su existencia, aunque sea tan evidente que representa, a la vez, al lector modelo y al empírico. Sirve para decir lo que no se puede decir, pero se quiere leer. Es el hijo endogámico que se esconde en el desván, la prueba y el resultado de lo que el portal es en sí mismo.

Nadie lo toma en sus brazos, nadie lo reivindica, pero sus padres ocultos gozan cuando la bestia responde a los estímulos.

En cuanto a mí, siento más simpatía por el hijo endogámico que por sus perversos padres; ni hablar de sus “tías”, viejas enloquecidas ante el avance de una masa informe que parece hacer peligrar su hegemonía. Ninguno de sus parientes se hace cargo de la responsabilidad sobre el monstruo: los intelectuales les dieron aire porque pensaron que el Golem y Frankenstein se mantendrían en el terreno dócil de la literatura, los portales les dan alimento simplemente porque son su razón de ser.

PD.: Cualquier pelotudo escribe dos tomos sobre peronismo, si se lo propone. Ponelo en negrita. Listo, lo dije.

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